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Nos emocionamos

El 3 de Diciembre se conmemoraba el día internacional de las personas con “discapacidad” (una palabra que no me gusta especialmente).Y no me gusta, simplemente, porque todas las personas tenemos CAPACIDADES distintas!!!!

Pero el objetivo de las actividades que realizamos, ayer, en el CEIP Vales Villamarín (Betanzos) eran, precísamente, mostrar las distintas capacidades de los alumnos con diversidad funcional.

Una invitación que aceptamos gustósamente, por varios motivos:

  1. Se trata de un colegio (bien conocido por nosotros) por atender a la diversidad del alumnado y con profesionales muy comprometidos.
  2. Porque uno de los objetivos del aula LILA es realizar “actividades inclusivas” en varios colegios ordinarios y con alumnos de distintas edades.

Después de ofrecer diferentes alternativas (en esta primera visita) decidimos que los alumnos del aula LILA realizaran un taller de EDUCACIÓN EMOCIONAL, en que mostraríamos algunos de los recursos con los que trabajamos en el aula y técnicas para mejorar el control de nuestras emociones.

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En el siguiente enlace, podéis ver los recursos que utilizamos en el aula y el resumen de lo que pudimos trasladar a la actividad inclusiva:

https://atencionaladiversidadrql.wordpress.com/2016/11/07/proyecto-cuentame-el-enfado-y-la-ira/

enfado-vales-villamarin

Gracias al CEIP Vales Villamarín por la invitación y por ofrecernos la oportunidad de una continuidad, a lo largo del curso.

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Proyecto: CUÉNTAME

Uno de los proyectos que me he planteado, este curso, lo he titulado “CUÉNTAME”.

  • En el que desarrollaremos la competencia emocial de los alumnos.
  • Aprenderemos a conocer nuestras emociones a través de las experiencias personales y de las de los demás.
  • Las analizaremos y buscaremos soluciones para afrontar y resolver los problemas que surjan en la vida diaria.
Daniel Goleman afirmaba que la autoconciencia, la confianza en uno mismo, la empatía y la gestión más adecuada de las emociones e impulsos perturbadores no sólo mejoran la conducta del niño, sino que también inciden muy positivamente en su rendimiento académico.

DINÁMICA DEL PROYECTO

Emplearemos la misma dinámica del aula de Elena http://www.auladeelena.com/ puesto que me parece fantástica y se adapta muy bien a lo que quiero desarrollar en mi aula.

La idea es trabajar una emoción cada dos/tres semanas (todo depende del tiempo del que dispongamos, de como se vayan desarrollando las actividades de comprensión o de la necesidad del aula).
Con cada una, escribiré un post contando nuestra experiencia (la emoción que hemos trabajado, si nos ha resultado difícil, si los alumnos la han identificado con facilidad, si han puesto ejemplos de cuando han sentido esa emoción, en su vida, etc y de los recursos, técnicas o herramientas que han conocido).

En cada emoción, el sistema de trabajo será el siguiente:

 – Habrá  un mural fijo en el aula, que se mantendrá durante todo el curso, y donde tendremos expuesta una ilustración sobre la emoción que trabajemos esa semana.
  •  El primer día “sólo” exponer la ilustración de la emoción en el mural e incitarles a que adivinen la emoción a partir de los elementos gráficos (personajes, lo que transmiten, lo que puede haber sucedido…). No generaremos debate el primer día, ya que la intención no es que den con la solución a la primera entre todos. Quiero que a lo largo del día vayan observando la ilustración, dando rienda suelta a su imaginación, desarrollando su creatividad o, incluso, barajando hipótesis con otros compañeros de clase.
  • El segundo día, entre todos, y a partir de sus conclusiones, daremos con la solución de la emoción. Entonces, leeremos y analizaremos el texto de la emoción (qué significa, vincularemos lo explicado con el dibujo y con la experiencia del niño, identificaremos momentos en que han sentido esa emoción, etc.).
  • Y a partir de ahí, pues cada semana improvisaremos y trabajaremos en función del tiempo que tengamos y de cómo nos organicemos. Una semana trabajaremos la emoción en dos días más intensamente, otra semana la abordaremos cuatro días durante menos tiempo, a veces lo haremos desde una perspectiva más oral, otras veces incidiremos más en la expresión escrita y aprovecharemos para añadir ideas a nuestro mural…  ¡Lo importante es disfrutarlo!
– Elaborar nuestro propio emocionario: todo el material que surja de nuestro proyecto (la ilustración, la definición, los ejemplos de cuándo hemos sentido cada emoción, etc.) configurará nuestro propio emocionario de clase, que podremos consultar siempre que nos apetezca.
Para el desarrollo de cada emoción utilizaremos distintos materiales pero uno de ellos será el EMOCIONARIO http://www.palabrasaladas.com/emocionario.html.
Un material muy recomendable y que se puede utilizar para distintas edades.
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¿Por qué debes agacharte para hablar con un niño?

Pequeños en un mundo de Gigantes

Imaginaros que vosotros intentáis hablar con otra persona y que está lejos o que estáis sentados en el suelo y alguien que está de pie os quiere decir algo importante… Qué suele ocurrir en estos caso? Necesitáis la cercanía para poder escuchar ‘bien’ lo que os quieren contar o de igual manera lo que queréis decir. Es interesante, plantear un escenario parecido al que viven los niños cuando se quieren comunicar, escuchar y aprender en un ‘mundo de gigantes’.

En alguna oportunidad os hemos hablado de lo importante que es tener en el hogar los recursos a la altura del uso de los niños pequeños como en la pedagogía Montessori, porque invitan a su uso y generan autonomía. En la comunicación sucede algo parecido, hablamos desde arriba hacia abajo con ellos, miramos y damos todo nuestro amor, nosotros altos desde su mirada de niños, a veces un poco inaccesibles.

Me importas y te entiendo, me interesa lo que dices y te miro como me miras tú a mí.

El contacto visual directo

La comunicación no verbal, el contacto visual, nos habilita esa escucha activa, nos permite conectar, escuchar de verdad. El hablar constantemente agachados a su altura, produce indirectamente un efecto de escucha sensible, ya que estamos utilizado nuestra ventana al mundo, nuestros ojos, para mirarles y así también escuchar sus necesidades, esto es muy importante en la comunicación no verbal que es la comunicación inicial del ser humano.

El contacto visual directo a la misma altura permite transmitir un: Me importas y te entiendo, me interesa lo que dices y te miro como me miras tú a mi… En este momento lo que me quieres decir es lo más importante del mundo para mí y te quiero.

Beneficios

Os enumero los beneficios de agacharse para hablar con l@s niñ@s a su altura:

  • Se produce una comunicación más fluida.
  • Agacharte permite dirigir todo tu cuerpo hacia el niño y escucharle así por completo.
  • Estar a su altura invita al abrazo y a la confianza de tenerte cerca.
  • Utilizar frecuentemente el contacto visual directo, permite mirarle a los ojos mientras te habla o le hablas.
  • Ayuda a desarrollar el lenguaje, los niños y niñas tienes más ganas de decirnos las cosas!
  • Permite tomar conciencia del momento, evitando el te escucho pero veo todo lo demás que ocurre a mi alrededor.
  • Somos diferentes, pero nos comunicamos como iguales. Tiene implícito el aprendizaje de la igualdad en la diversidad.
  • Las emociones se pueden ver también a través de las expresiones fáciles. Agachados no perdemos detalle.
  • El niño se siente seguro y sobre todo valorado. ‘Alguien se agacha para hablar conmigo.’
  • Estimula la inteligencia emocional, cuando tenemos una conversación fluida ‘en sintonía’ con alguna persona, nos sentimos más a gusto.
  • Transmite confianza y seguridad. Recuerda que cuándo dices un secreto cómo lo dices? muy cerca, muy cerca!
  • La principal forma de comunicación en los niños pequeños es la comunicación no verbal, el estar agachados podemos disfrutar mejor de esta forma de comunicación.
  • Agacharnos para comunicarnos invita al niño o la niña a verbalizar sus emociones.
  • Genera empatía, porque si tu te agachas para poder hablar conmigo, yo me esforzaré en hacer… para poder comunicarme con otra persona.
  • Agachado es más fácil saber qué siente el niño y no sólo qué dice el niño.

http://babytribu.com/por-que-debes-agacharte-para-hablar-con-un-nino/

 

¿CÓMO TENER ÉXITO EN LA EDUCACIÓN EMOCIONAL DE TUS HIJOS?

Puedes enseñar a tus hijos a cruzar los semáforos en verde, a cuidar de sus mascotas, les puedes enseñar a leer y a multiplicar, e incluso reciclar la basura que se produce en casa. Ahora bien, ¿le enseñas también expresar sus sentimientos? ¿A que diga en voz alta aquello que siente antes de que se encierre en su habitación con un portazo?

La educación no se basa solo en llenar una mente vacía con conocimientos y datos que acumular. Educar es ofrecer también estrategias con las cuales valerse en este mundo complejo para aprender a ser feliz y, a la vez, hacer felices a otros. Es vital que valores la educación emocional de tus hijos como un propósito que atender cada día.

¿Cómo desarrollar la educación emocional en tus hijos?

Educar es también ofrecer amor, caricias, palabras y rutinas. La hora de alimentarse, las horas de dormir, esa sonrisa en la que los niños se ven reflejados y que intentan imitar. Esa voz que les da aliento y apoyo, que les ofrece seguridad en cada paso que emprenden, ese refuerzo que les anima a ser valientes después de cada caída… Todo ello también es educación emocional.

La verdadera aventura llega a partir de los 8 años. En esta edad, los niños empiezan ya a hacerse unos esquemas de lo que es el mundo y de lo que son ellos. Disponen ya un sentido de la justicia y tienen muy en cuenta lo que está bien y lo que está mal. A partir de esta edad, van a asentar su personalidad, sus intereses. Van a asomarse al mundo con una curiosidad más amplia, ahí donde nosotros somos la clave para ofrecerles apoyo, autonomía y ese cariño cotidiano.

Ten en cuenta pues qué dimensiones debes fomentar como parte de la educación emocional de tus hijos:

1. Autoconocimiento.
Los niños deben crecer siendo la mejor versión de ellos mismos. ¿Qué significa esto? Que deben ser conscientes de su potencial y de sus limitaciones. Enséñales el valor de hacer las cosas por sí mismos, de ser autónomos para que puedan ver, día a día, todo lo que son capaces de hacer, lo que se les da bien y lo que se les da mal.

Ten mucho cuidado con la sobreprotección o, de lo contrario, impedirás el que sean responsables de sí mismos el día de mañana o el que dispongan de una buena autoestima. Permíteles crecer apoyándolos en cada paso que den, sin olvidar tampoco que cada vez que se equivoquen en algo, no debes sancionarlos, sino enseñarles cómo pueden hacerlo mejor.

2. Dales responsabilidades.
Una persona responsable de sí misma tiene madurez emocional. Es alguien que no depende de los demás para hacer cosas y que, además, confía en sí mismo. A medida que se hagan mayores, ponles más responsabilidades. Deben aprender que la vida no son solo derechos y libertades, sino que todos hemos de ser responsables de nuestras cosas para ser autónomos.

3. Aprender a ser feliz pero también a aceptar la frustación.
Desde muy pequeños deben ser capaces de entender que no lo pueden tener todo. Cada vez que reciban una negativa por tu parte, no deben responder a la desesperada como si se terminara el mundo. Pongamos un ejemplo:

Tu hijo, con 8 años, te pide que le compres un móvil. Obviamente aún es demasiado joven para ello, así que debes argumentárselo y debe comprenderlo. Si coge una rabieta, si golpea los muebles y te grita, es un niño que no ha aprendido aún a aceptar la frustración, y ello, a largo plazo, le va a ocasionar una gran infelicidad. Gestiona adecuadamente estas situaciones, razona, pon límites, explica y haz que comprenda cada decisión.

4. La importancia del “bien común” y el “todos ganamos”.
La vida no es una isla en la que transitar en soledad. Todos nosotros vivimos en una sociedad con otras personas que forman parte de nuestra cotidianidad, establecemos vínculos y crecemos personal y emocionalmente unos con otros.

¿Qué significa esto?. Que, para tener éxito en la educación emocional de nuestros hijos, hemos de trabajar también estas dimensiones:

  • Fomentar la empatía, el que reconozcan las emociones en los demás, en sus abuelos, sus hermanos, sus amigos.
  • Entender que si yo hago algo malo, ello repercute también en los demás. Si yo me esfuerzo en ser respetuoso, en comprender y hacer felices a los demás, “todos ganamos”. Si yo regalo una sonrisa, lo más probable es que me respondan con lo mismo. Las emociones positivas son siempre las más poderosas.
  • También es importante conseguir que los niños aprendan a hacerse felices a sí mismos, es decir, deben valorar el disfrutar de sus aficiones, el emprender cosas nuevas que les aporten conocimiento y satisfacción y el saber también que quererse a uno mismo es un arma poderosa. Con una buena autoestima, con una buena aceptación física y emocional, también será capaz de amar mejor a los demás.

Con una correcta educación emocional estaremos enseñando a nuestros hijos a ser ciudadanos justos, a la vez que fomentamos su felicidad futura. 

http://consejosdelconejo.com/2016/07/03/exito-la-educacion-emocional-tus-hijos/

NIÑO TRISTE, ADOLESCENTE ENFADADO

La DEPRESIÓN no es sólo cosa de adultos, cómo se había llegado a pensar. NIÑOS y ADOLESCENTES también la sufren.

¿Por qué se puede deprimir un niño?, ¿cómo lo detectamos?, ¿qué podemos hacer?, ¿cómo se trata una depresión infantil?, ¿y en la adolescencia?

En el  Blog de pares de Catalunya Ràdio han hablado con la doctora Montse Pàmias, presidenta de la Sociedad Catalana de Psiquiatría Infantil y jefe del Departamento de Psiquiatría Infantil del Hospital Parc Taulí de Sabadell.

La depresión infantil es una situación vital de cambio. Un niño o un adolescente que hasta el momento tenía un estado de vida normal y estable, y de pronto hay una ruptura. Empiezan a aparecer unos síntomas, y esos síntomas son síntomas depresivos. Es algo que puede pasar en cualquier edad.

Antes se creía que no existía la depresión infantil.

A mediados del siglo pasado había algunas voces, algunos autores, que dudaban de la existencia de la depresión en los niños, alegando que la depresión no se podía dar en un sujeto cuya  personalidad no estaba del todo estructurada. Es cierto que la personalidad de los niños no está totalmente estructurada, pero lo que ahora sí sabemos es que los niños pueden tener depresión, cómo los adolescentes y cómo los adultos.

Las características de esta depresión serán diferentes en la infancia y en la adolescencia, y también algo diferentes que en la edad adulta.

¿Por qué sospechamos que un niño puede estar deprimido?

El síntoma principal en los niños suele ser la TRISTEZA, igual que en la edad adulta. En los adolescentes, en cambio, muchas veces el síntoma  principal es la IRRITABILIDAD: un niño ENFADADO permanentemente, durante un período de tiempo mantenido.

Otros síntomas que encontramos en los niños más pequeños están relacionados con el pensamiento que tienen. Cuando una persona sufre una depresión tiene una distorsión de su entorno, y ve las cosas de una forma claramente más negativa.

Es en el colegio donde detectan a menudo que algo no va bien.

A veces son los profesores los que detectan la sintomatología depresiva y avisan a la familia: un niño que tiene un buen rendimiento habitual y de repente, un trimestre, este comienza a bajar de golpe, y además al pequeño se le ve más apagado.

De entrada decir a los padres que, si son los profesores los que han dado la voz de alerta, la actitud no ha de ser de culpabilidad. Nadie está culpando a los padres, se trata de encontrar una solución para la posible depresión que tiene el niño.

El niño deprimido lo pasa muy mal.

Se siente CULPABLE: “por mi culpa mis padres se han separado”,  “por mi culpa han regañado a mi hermano”, “por mi culpa no iremos de excursión los de la clase”,… el niño tiene sentimientos de culpa.

Otro sentimiento que tiene es de INCAPACIDAD: “seré incapaz de pasar a segundo de primaria”, “seré incapaz de ir al partido de baloncesto y jugar”,… un sentimiento de incapacidad en cosas que son habituales en los niños y que a él le cuesta hacerlas.

También siente miedo. Miedo a que papá o mamá se olviden y no vayan a recogerlo a la salida del cole, o miedo a que sus padres tengan un accidente,… Decir que cuando se dan estos miedos no siempre quiere decir que haya una depresión. Hay niños con ansiedad que los tienen. Pero cuando estos miedos están en el contexto de ánimo bajo y ese pensamiento más negativo, entonces son más síntomas depresivos.

Los niños continúan con sus rutinas, pero arrastrándose.

Es como si el niño fuese a cámara lenta. Las actividades que antes tenía ganas de hacer, le apetece menos  hacerlas, han de tirar de él.

Sí que es verdad que en la edad adulta, cuando se sufre una depresión, se dejan de hacer actividades que antes se realizaban. Los niños lo tienen más difícil: sus padres les llevan a los sitios, tanto si quieren cómo si no. Por lo que no es que dejen de hacer las actividades, pero no disfrutan como lo hacían antes. Están cómo más apagados.

En el comer y el dormir también puede haber cambios.

Habitualmente se da una reducción del apetito en los niños. En los adolescentes puede ser lo contrario, un incremento del apetito.

Normalmente también hay una alteración del sueño. Esta alteración en los niños con depresión es más inespecífica, no es tanto cómo en los adultos que es un despertar muy temprano, a las tres de la mañana o a las dos. En los niños, a veces es este despertar precoz, a veces es que les cuesta coger el sueño, a veces el sueño es fraccionado.

¿Por qué se deprimen los niños?

Sabemos que hay una parte que es biológica, genética, hereditaria. Hay una predisposición de nuestro cerebro que heredamos. Los mecanismos de esta herencia no están aún muy claros, se están estudiando, pero están.

Por otro lado hay factores externos que nos influencian y pueden precipitar una depresión: pérdidas, separaciones,… o pueden ser hechos que tengan poco peso pero que a ese niño, y en esa situación, le hayan podido provocar una situación depresiva.

Es una interacción entre los genes y el ambiente que se puede producir en cualquier edad de la vida.

Sí que es verdad que en el caso de los niños el hecho de tener un cerebro más plástico, y por ser más dependientes de su entorno que una persona adulta, el entorno del niño tendrá una importancia claramente superior a la que tiene en la edad adulta.

Es algo que vemos especialmente en casos de acoso escolar. Los adolescentes son muy dependientes de su entorno. Sentirse rechazado, maltratado y menospreciado por tus iguales y por tu entorno es un desencadenante muy potente. Si el chico tiene una vulnerabilidad puede acabar sufriendo una depresión. Y puede acabar con un intento de suicidio o con un suicidio.

Una situación de bullying se hace sobre un niño que evidentemente tiene unas características de personalidad, de situación, de relación con los otros,… unas características que han hecho que ante una determinada situación no sea capaz de pedir ayuda, que el mismo no haya sido capaz de resolver la situación o su entorno no le haya protegido lo suficiente. No es que el niño sea culpable, pero tenemos un niño con una vulnerabilidad y con una situación personal que lo hace vulnerable al bullying. Puede ser que esta vulnerabilidad, en una situación de bullying, baje más el ánimo y provoque una depresión.

¿Y en chicos y chicas mayores?

En los adolescentes una de las cosas que se han de diagnosticar es el consumo de cannabis.

El consumo de cannabis en régimen de dependencia, consumido de una manera mantenida, puede crear una sintomatología de desmotivación que puede parecer una sintomatología depresiva. Por lo que es una de las cosas que se han de investigar y, si es necesario, tratar con los adolescentes.

Ante la sospecha de que un niño está deprimido ¿qué hacemos?

A veces lo que primero detectan los padres es que su hijo está más apagado, que tiene menos apetito, que hay una alteración del sueño,… Estos síntomas físicos son los primeros que llaman la atención. Es lógico entonces pasar por el primer agente de salud que es el pediatra.

De hecho va muy bien que sea así, porque se ha de hacer un diagnóstico diferencial con la enfermedad médica. Algunas enfermedades, cómo la mononucleosis infecciosa, algunas anemias, incluso algunos tipos de leucemia, pueden comenzar con síntomas físicos que se parecen a la depresión. Por tanto este primer cribado del pediatra, que valore al niño orgánicamente y descarte la patología médica es esencial.

¿Cómo se diagnostica la depresión?

Para que se pueda diagnosticar una depresión los síntomas han de ser de una determinada gravedad y han de durar un tiempo determinado. Aunque haya una separación de los padres, puede haber una depresión detrás. El hecho de que el desencadenante sea externo, no quiere decir que el menor no pueda tener una depresión.

Se diagnostica una depresión evidentemente primero descartando la patología orgánica y, a partir de aquí, hablando e identificando los síntomas en el niño. Explorando clínicamente al menor, hablando con los padres y muchas veces también con la escuela. Son los dos entornos más importantes del niño. Con esto se identifican los síntomas, la intensidad y la duración, necesarios para confirmar un diagnóstico de depresión.

¿Y en este caso deberemos ser menos exigentes?

A veces se ha de recomendar a los padres que reduzcan la presión exterior, sobre todo cuando está comenzando una depresión. En ese momento, la sensación de incapacidad que siente el niño, añadida a la presión qué él cree que tiene por parte de sus padres (porque a veces es la percepción que tiene el niño de la presión que están ejerciendo sus padres) hace que el pequeño sienta que no puede con lo que le están pidiendo. Y eso empeora la sintomatología.

¿Y el tratamiento?

Cuando la depresión es leve, o leve-moderada, se hace un tratamiento psicológico. La terapia psicológica que funciona en los niños es la terapia cognitiva conductual. Se analiza su conducta y sus pensamientos, se le dan estrategias para identificar esos pensamientos distorsionados, qué puede hacer para modificarlos, qué puede hacer para que su conducta no sea de aislamiento. Siempre en este trabajo se incluirá también a la familia.

¿Y en los casos más complicados?

Entonces se plantea el dar tratamiento farmacológico. Cuando se utiliza un tratamiento farmacológico en la depresión infantil, que se ha de utilizar cuando la sintomatología es moderada o grave y sobre todo cuando hay ideas de suicidio, siempre es conjuntamente con la terapia psicológica.

¿Cuesta a los padres aceptar la medicación?

En general hay cierta reticencia a la hora de medicar a un niño por depresión. Se trata de explicar a los padres los estudios que hay detrás, la evidencia de la mejora.

Es un miedo inicial. Cuando los padres ven que, entre la terapia psicológica y el tratamiento farmacológico, su hijo va mejorando, vuelve a reír, a jugar, y vuelve a ser el niño de antes, los padres son los que primero defienden el utilizar todas las estrategias que tengamos a nuestro alcance para ayudar al niño.

¿Qué ocurre si no se trata la depresión?

Imaginemos que no tratamos una depresión en seis meses, por ejemplo ¿qué pasaría?, pues que se cronificaría y duraría unos meses más. Seguramente al final acabaría resolviéndose, pero se ha perdido un tiempo que es vital. Seis meses en un niño de seis años, equivale casi a un 10% de su vida.

No ofrecer ayuda puede comportar problemas en un futuro.

Se acaba resolviendo, pero durante unos meses ese niño ha dejado de poder estudiar con normalidad, porque hace falta concentración. Baja el rendimiento escolar, está más triste, más aislado. Es una ruptura vital que hace que el niño no siga el desarrollo normal. Por tanto hay un parón en el desarrollo de la personalidad debido a esta depresión. Además el problema se puede acabar cronificando, cuando la depresión es una situación que no tiene por qué ser crónica si se detecta y se trata adecuadamente.

Hemos de estar al tanto si el niño habla de la muerte.

Siempre se han de valorar las ideas de muerte en la depresión. SIEMPRE. Sea cual sea la edad del niño.

Es cierto que los niños más pequeños no tienen el concepto de la muerte bien establecido: no la perciben como un hecho irreversible. Cuando son muy pequeños piensan que la muerte es un acto transitorio. Más adelante piensan que la muerte está personificada en alguien que se lleva a una persona y la traslada a otro lugar. Es alrededor de los nueve años cuando ya el niño tiene una idea más concreta y más clara de la irreversibilidad de la muerte.

Por tanto siempre se ha de preguntar por las ideas de muerte a un niño con depresión, porque es un síntoma.

Finalmente decir que la depresión infantil es un trastorno que se puede identificar y se puede tratar. Que con el tratamiento adecuado se resuelve y no tiene por qué haber una recaída más adelante.

http://www.ccma.cat/catradio/alacarta/blog-de-pares/blog-de-pares-nen-trist-adolescent-enrabiat-la-depressio-no-afecta-nomes-els-adults/audio/740946/

Niño TRISTE, adolescente ENFADADO

EDUCAR EN LA FELICIDAD

Todos los padres y madres quieren tener hijos felices. Buscan de alguna manera de educar en la felicidad. Hacen todo lo que esté en su mano para que a su hijo no le falte de nada y sea el mejor. Se les compra toda clase de juguetes que ellos quieren, para que estén contentos, y si a la semana ya se han cansado pues les compramos otros; si no les gusta ni la verdura ni la fruta ni el pescado, les preparamos otra cosa porque claro, pobrecitos. También se les apunta a trescientas actividades extraescolares para que sepan de todo y en el cole se les exige siempre mejor nota de la que sacan, porque si Pablito ha sacado un diez, ellos también pueden.

Muchas veces algunos de estos comportamientos son inevitables, porque realmente los padres quieren lo mejor para sus hijos y pensamos que esta es la manera de dárselo y así conseguir que les vaya todo bien en la vida, pero ¿es realmente un niño feliz así? ¿Realmente los niños valoran tener cientos de juguetes o que se les deje hacer lo que ellos quieran? ¿Es mejor presionar a nuestro hijo para que saque un diez en lugar de reconocer lo mucho que ha trabajado y el esfuerzo que ha invertido en sacar un seis?

Lo que sí quieren los niños es la atención y la valoración de sus padres, familia, amigos… su cariño, su presencia y poder contar con ellos; sentirse útiles y capaces en sus actividades diarias, que su esfuerzo sea valorado y que no se les pidan objetivos que no pueden alcanzar. También quieren unos padres que sepan guiarles con normas y no que los dejen a su libre albedrío todo el rato porque esto les desconcierta. En definitiva, un niño necesita apoyo, afecto y normas para crecer sano y feliz.

¿Cómo es un niño feliz?

Todos estaremos de acuerdo en que definir la felicidad es algo complicado, pero hablando de niños sí que podríamos explicarla de forma general en estos seis puntos que ayudan a formar una buena autoestima y satisfacción personal, puntos clave para educar en felicidad.

  • Es optimista y alegre. Un niño feliz sabrá ver el lado positivo del problema a resolver, será más creativo a la hora de encontrar soluciones y no se derrumbará por las adversidades que pueda encontrarse; reduciendo así las probabilidades de depresión y estrés en un futuro.
  • Es seguro de sí mismo. Sabe confiar en sus capacidades a la hora de resolver problemas y enfrentar nuevas situaciones. La seguridad le lleva a tener ilusión y confianza en sus proyectos y a sentirse capaz de lograr sus objetivos.
  • Tiene iniciativa. Un niño feliz tiende a explorar por su cuenta siendo esta su principal fuente de conocimiento. El tener la seguridad del apoyo paterno le permite emprender nuevas aventuras y probar nuevas experiencias, porque sabe que sus padres estarán ahí si algo ocurre.
  • Es responsable de sus acciones. Un niño feliz tiene responsabilidades ajustadas a su edad, como hacer los deberes, mantener ordenada su habitación, lavarse los dientes o vestirse solo. Al contrario de lo que pueda parecer, los niños disfrutan este tipo de tareas porque les hacen sentirse más autónomos y mayores.
  • Es independiente. Conforme va creciendo va siendo capaz de ir realizando actividades sin la intervención constante de un adulto. Es consciente de que sus padres están ahí para apoyarle y ayudarle a crecer pero que es una persona independiente y también tiene su función. Está bien ayudarles, pero no hacer por ellos algo que puedan realizar solos.
  • Mantiene buenas relaciones con otros niños. Los momentos de juego y de relación con los demás niños son muy importantes en su desarrollo. Un niño feliz y bien ajustado generalmente tendrá más amigos y disfrutará más de estos momentos. Crear lazos con personas externas al círculo familiar y de edades similares a la suya le ayuda a crecer y a desenvolverse en otros ámbitos distintos.

¿Cómo conseguimos educar en la felicidad? 6 consejos prácticos.

Según los estudios, los niños mejor ajustados y más felices son los que tienen unos padres que proporcionan un alto nivel de apoyo y afecto a sus hijos junto con un alto nivel de control. A esta combinación se le conoce como estilo parental democrático. Unos padres democráticos ponen límites a sus hijos pero les explican los motivos (tendremos que olvidarnos del famoso “¡Porque lo digo yo!”). Son tolerantes con las demandas; están dispuestos a negociar cuando sea conveniente. Los niños que han crecido bajo este estilo tendrán una gran autoestima, alta competencia social y un buen nivel de rendimiento escolar. ¿Qué se puede hacer para conseguir todo esto? es decir, ¿cómo educar en la felicidad?

Fortalecer el vínculo de apego

El apego es la vinculación con los padres; las muestras de afecto, cariño, cercanía y apoyo que estos muestran con su hijo. Es lo que da al niño un sentido de seguridad, autoestima, confianza y autonomía. Es muy importante que perciba que puede contar con nosotros, y que vamos a estar a su lado pase lo que pase.

Es mejor dejar de lado lo material a la hora de mostrar a nuestro hijo lo que nos importa o para recompensarle por algo y, por ejemplo, si saca buenas notas decirle que nos sentimos orgullosos de él, que sabíamos que podía hacerlo y proponerle ir a pasar un día a algún lugar que le apetezca.

El tiempo que les dediquemos tiene que ser tiempo de calidad como podría ser ayudarles con los deberes, jugar con ellos, preguntarles acerca de su día en el cole y su relación con los amigos, etc.

La recompensa preferida por los niños es siempre nuestra atención por lo que tenemos que procurar pasar el máximo tiempo que podamos con ellos  y dejar en un segundo  lugar los regalos y caprichos.

Validar sus emociones

Muchas veces tendemos a decirles a los niños “no llores”, “no pasa nada”, “no te preocupes, eso es una tontería” etc, sólo por el hecho de que son pequeños y desde nuestra visión de adultos lo vemos todo muy fácil. Tendemos a pensar que simplificando el problema les estamos consolando.

No hay que menospreciar sus emociones y sentimientos sólo por su edad, porque a ellos les afectan de la misma forma que a nosotros las nuestras. Por el contrario debemos estar emocionalmente disponibles, tienen que encontrar en nosotros un apoyo, a alguien que les escucha, se interesa por sus preocupaciones y les da la importancia que se merecen. De esta forma los niños al sentirse reconfortados, resuelven su problema de una forma sana y ganan confianza en sí mismos.

Hablar con los niños sobre sus emociones y sentimientos nos permite también educarles en este ámbito imprescindible para la vida. Podemos ayudarles a reconocer y saber expresar adecuadamente sus emociones; siendo este un aspecto muy importante en su desarrollo y al que no siempre le prestamos la debida atención. Como dice Daniel Goleman en su libro Inteligencia Emocional “el aprendizaje no sucede como algo aislado de los sentimientos. De hecho, la alfabetización emocional es tan importante como el aprendizaje de las matemáticas o la lectura”.

Si te interesa saber más sobre inteligencia y control emocional, te recomiendo leer este artículo.

Validar sus opiniones

A pesar de que son los padres los que ponen los límites y las normas, es muy bueno que algunas de ellas se puedan negociar con los niños, de esta forma se sienten capaces de decidir, y que su opinión se valora.

Es crucial para su felicidad y seguridad que los niños se sientan valorados en cuanto a sus ideas y opiniones, así tendrán más motivación y tenderán a cooperar más. Por ejemplo, si en una clase les pedimos a ellos que establezcan las normas de buen comportamiento, está demostrado que las cumplen mucho más y con mejor actitud que si les son impuestas. Se sienten mucho más responsables y comprometidos.

Evidentemente, no siempre van a poder participar en todas las decisiones; como por ejemplo que no hay negociación posible en comerse un helado antes de cenar. A pesar de ello debemos escuchar su punto de vista, valorarlo y acordar, por ejemplo, que si se come toda la cena podrá tener el helado después.

No etiquetarles

Etiquetar a un niño es decirle a menudo que es “malo”, “desobediente”, “tonto”… sólo porque ha pegado a otro niño, no nos está haciendo caso, o ha suspendido una asignatura. Es decir, establecer un adjetivo general para él basado en que algunas veces se comporta así, en lugar de centrarnos en la actitud concreta.

Las etiquetas les van acompañando a lo largo de su vida y cada vez será más difícil eliminarlas, con lo que el niño en lugar de ser libre y responsable de sus acciones, estará enmarcado en unos patrones inamovibles.

Para los niños sus padres son sus referentes, los que lo saben todo, por tanto si ellos les etiquetan de malos, pensarán que es cierto, y lo que es peor, sentirán que tienen que cumplir ese papel porque es lo que son y seguirán pegando, con lo que en lugar de eliminar una conducta conseguimos afianzarla.

La manera de no etiquetarles es centrarnos en el comportamiento en concreto a la hora de regañarles, hacerles ver que lo que acaban de hacer no está bien, explicarles por qué, y que entiendan que no son malos por hacer algo malo. Así el niño no considera que sea “malo” o un “pegón”, si no que la actitud que tuvo estuvo mal porque si pega a los compañeros les hace daño.

De esta forma conseguimos que aprendan también de sus errores y actitudes inapropiadas y fortalecemos su autoestima haciéndoles conscientes de que pueden mejorar y no están encasillados de por vida en un papel.

Mejor recompensar que castigar

El castigo es una forma de que los niños aprendan que sus conductas no deseadas tienen una consecuencia cuando son demasiado pequeños para razonar con ellos. Pero por supuesto, para que el castigo cumpla su función, hay que dejar muy claro qué se ha hecho mal y en qué consistirá el castigo, que deberá ser siempre proporcional a la conducta.

Aun así puede ser que el niño no vea la conexión entre su comportamiento y la consecuencia, con lo que la conducta se seguirá repitiendo y se habrá creado una hostilidad hacia los padres.

Una alternativa es explicar al niño cuales son los comportamientos alternativos que sí debe tener y reforzarlos, para que así los repita.

Por ejemplo, si un niño pega a otro porque le ha quitado su juguete tendríamos dos opciones:

La primera (el castigo)  sería apartarlo diez minutos sin jugar. Al cabo de ese tiempo, volvería a jugar y si el otro niño le vuelve a quitar su juguete, reaccionaría de la misma forma, y nos tocaría castigarlo otra vez.

La segunda opción (actitud alternativa recompensada) consiste en decirle que lo que ha hecho no está bien a pesar de que le hayan quitado su juguete. Le diríamos también que pidiera perdón por haber pegado y que si vuelve a pasar lo mismo sería mejor idea que le pidiese al niño el juguete de vuelta y si esto no funciona, que pida ayuda a un adulto. Una vez el niño pide perdón podemos decirle que lo ha hecho muy bien, y si a la próxima vez acude a nosotros en lugar de pegar debemos mostrarle lo contentos que estamos de que esta vez lo haya hecho bien.

Muchas veces ocurre que los comportamientos inapropiados de los niños son debidos a que desconocen otra forma de actuar. Con esta técnica conseguimos que actúen motivados por hacer las cosas bien.

Ser un ejemplo

Dentro de educar en felicidad esta puede que sea la parte más difícil, porque por mucho que sabemos de sobra como se tienen que hacer las cosas, somos los primeros en hacer muchas veces lo contrario. El problema es que no podemos inculcar valores en los niños con la filosofía del “haz lo que yo te diga pero no lo que yo haga”.

No podemos pretender que un niño no grite a los demás si nosotros cuando nos enfadamos le gritamos a él, o a nuestra pareja; o si le estamos obligando a acabarse el plato de la comida mientras tiramos la mitad del nuestro a la basura porque no nos apetece más. Los niños, que se fijan en absolutamente TODO, no tardarán en preguntar ¿mamá/papá y por qué tu sí y yo no? A lo que los padres suelen responder: ¡Porque la madre/el padre soy yo! O Porque yo ya soy mayor y puedo hacer lo que quiera. Y no es que les falte razón… pero no nos sorprendamos luego si nuestro hijo no nos hace caso.

Podemos seguir haciendo eso, o también podemos sacar provecho a servir de ejemplo a nuestros hijos, para así mejorar nuestros hábitos y comportamientos.

A fin de cuentas la influencia entre padres/educadores y los niños es recíproca. Así que todos nos beneficiamos de educar en la felicidad.

Resumiendo…

Para educar en felicidad tenemos que quedarnos con la idea de que las normas y los límites no son malos, al contrario, son completamente necesarios para proporcionar estabilidad y seguridad en la vida del niño. De esta forma, tendrá las herramientas necesarias para afrontar la vida conforme vaya creciendo y siendo más independiente.

No olvidemos tampoco el otro pilar fundamental que sostiene educar en la felicidad: el afecto, que ayudará a nuestros hijos a que tengan un mejor desarrollo emocional y ajuste conductual; serán más comunicativos y así se sentirán más respaldados y seguros.

Para que nuestro hijo sea un niño feliz no hay que colmarle de regalos y complacerle siempre en todo, ellos son felices con el simple hecho de que estemos presentes; como bien decía El Principito, “lo esencial es invisible para los ojos”.

Y para finalizar con una buena sonrisa, ¡Os dejo este video de la niña más feliz y positiva del mundo!

http://www.psicologiaenpositivo.org/un-pedacito-de-psicologia/educar-en-la-felicidad/